La Etnohistoria en México


De acuerdo a la definición del maestro Carlos Martínez Marín la etnohistoria se ocupa de “la explicación diacrónica y sincrónica de la cultura del hombre y de las sociedades, tratando de comprender mejor su estructura y su desarrollo histórico”. En México el surgimiento de esta disciplina estuvo relacionado con la necesidad de dar una dimensión temporal a los estudios antropológicos, así como de establecer vínculos entre el pasado y el presente de los pueblos en estudio (Martínez Marín, 1976).

En sus inicios se privilegió el análisis de los complejos procesos de cambio originados a raíz de la llegada de los europeos al continente americano y el período de conquista, cuando se fraguaron fenómenos sociales característicos de toda la época colonial. La investigación etnohistórica se propone profundizar en los procesos de interacción, destacando el estudio del contexto, génesis y circunstancias de los eventos de contacto entre etnias o sociedades culturalmente diferenciadas. El cuidado en la ubicación en la temporalidad (considerando antecedentes y consecuencias) ha permitido superar propuestas metodológicas que negaban la posibilidad de articular el conocimiento histórico y antropológico, sobre todo de escuelas que han tenido influencia en la antropología mexicana, como el relativismo de Franz Boas, o el funcionalismo de Bronislaw Malinowski.

Contra la desconfianza de muchos antropólogos por la dimensión temporal, la etnohistoria mexicana se desarrolló a la par con las tendencias renovadoras de la antropología estadounidense, impulsadas en ese país por la Ley de Reclamaciones Indígenas de 1946, la cual reconoció a los pueblos indígenas el derecho de demandar indemnizaciones sobre las tierras de que hubieran sido despojados.  Los etnógrafos se vieron entonces obligados a precisar, a través de trabajo de archivo, la pertinencia de las exigencias y la dimensión de los territorios que podían ser reconocidos. El trabajo de esos antropólogos demostró la eficacia de la combinación de los estudios sincrónicos y diacrónicos. En el caso mexicano, en el marco del seminario “Etnología y Antropología Social de la América Media” (realizado en Nueva York en 1949) se planteó como resolutivo: “el descubrimiento y la conquista de América constituyen el más importante fenómeno de contacto entre culturas que haya existido”. Esa idea, según Dora Sierra, tuvo un gran impacto en el medio académico mexicano, pues justificaba la necesidad de los estudios históricos sobre la población indígena, desde tiempos prehispánicos hasta el siglo XVIII, al mismo tiempo que permitía retomar la amplia tradición de los estudios de las llamadas “antigüedades mexicanas” (Sierra, 2012). En el desarrollo posterior de la disciplina en nuestro país podemos destacar la contribución del materialismo histórico a través de varias vertientes teóricas, como el evolucionismo multilineal. Del mismo modo la antropología ecológica logró estudios sobre obras hidráulicas y el desarrollo de áreas determinadas, o investigaciones sobre la agricultura prehispánica y colonial. Cabe mencionar otras corrientes como la antropología simbólica y la estructural-funcionalista, que ha dado pie a la teoría del conflicto (Cubillo, 2003).

El desarrollo de la disciplina ha estado apoyado también por la enorme riqueza de la memoria documental de la nación, resguardada en diversos tipos de archivos oficiales o privados, civiles o religiosos, la cual siempre se ha considerado la fuente informativa por excelencia de la investigación etnohistórica. Sin embargo, la propia experiencia del quehacer antropológico, ha acercado al etnohistoriador al uso de un conjunto de registros de la cultura de los pueblos o grupos en estudio: desde los vestigios de la cultura material, restos humanos, códices y manuscritos en lenguas indígenas y el rescate de testimonios actuales (o de otras temporalidades) y de la tradición oral sobre su propio pasado, mitos, creencias, costumbres y formas de vida. Todo ello hace posible los estudios comparativos, que permiten la utilización de elementos informativos de temporalidades diversas, contextualizados adecuadamente.

Por otra parte, esta construcción metodológica de la etnohistoria recomienda la realización de recorridos de campo por los espacios relacionados con el tema de estudio, la percepción del entorno geográfico y ecológico, ya que a pesar de los cambios ocurridos a lo largo del tiempo, mantiene elementos que contribuyen a entender la complejidad del caso y a situarlo en el espacio real. Además, en muchos casos, el investigador puede asistir a las festividades, ceremonias y actividades de la vida diaria, conforme a un plan de trabajo previo que le permita la observación y el estudio de otros testimonios de la cultura.

En la actualidad existe un gran interés por formular nuevas preguntas sobre cuestiones que aún permanecen sin investigar, por establecer diálogos novedosos, por retomar problemáticas ya exploradas a la luz de otros enfoques y por explotar las potencialidades que ofrece la digitalización intensiva de imágenes, el manejo computarizado de datos y la comunicación universalizada. En estos terrenos es posible desarrollar la investigación multidisciplinaria, a partir de proyectos donde participen estudiosos de las diferentes ramas de la antropología, así como historiadores, biólogos, economistas y de otras ciencias afines.

Las investigaciones en etnohistoria realizadas en México en la primera mitad del siglo XX por Miguel Othón de Mendizábal, Wigberto Jiménez  Moreno y Alfonso Caso, entre los principales percusores en este campo, aportaron las bases para estudios posteriores. Las obras de Bárbara Dahlgren y de Pedro Carrasco son ejemplos de esos avances que recibieron los aportes de Gonzalo Aguirre Beltrán y de José Miranda. En 1975 se publicó el estudio del maestro Carlos Martínez Marín “La etnohistoria: un intento de explicación”, disertación que formalizó la discusión sobre el objeto y especificidad de la etnohistoria como disciplina antropológica.

En 1977 se creó en el Departamento de Etnohistoria en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que en 1995 se convirtió en Dirección. Desde su creación se han llevado a cabo investigaciones sobre múltiples temas, entre otros: estudios de las áreas del occidente, del centro y sur de México, en las que se han tratado problemáticas acerca de la cosmovisión prehispánica, intercambio comercial, la tenencia y usufructo de la tierra; estudio de códices prehispánicos y coloniales; investigaciones sobre la minería en los reales de Tlalpujahua y Pachuca en la época colonial; sobre la estructura y conformación del Estado mexica; nobleza indígena, así como sobre instituciones indígenas y religiosidad novohispana;  la procuración de justicia a la población indígena durante el siglo XVI, etc. También se ha apoyado la edición crítica de fuentes de relevancia histórica, en especial en lengua náhuatl.

Los proyectos en curso abordan problemas diversos, entre otros: las estructuras familiares, instituciones religiosas en la época colonial; aspectos de la evangelización; organización y relaciones económicas y sociales; los estudios integrales sobre regiones de la población otomí y purépecha; alimentación, tianguis y mercados regionales; y por último, los análisis iconográficos de elementos de la naturaleza y de la cultura material en representaciones prehispánicas o coloniales.   

Referencias bibliográficas:

Cubillo, Gilda, “Introducción”, en La Etnohistoria en México, INAH, 2003.

Martínez, Marín Carlos, “La etnohistoria; un intento de explicación”, en Anales de Antropología, Revista del Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, v.13, n.1, 1976.

Sierra Carrillo, Dora “La Dirección de Etnohistoria del Instituto Nacional de Antropología e Historia, su trayectoria, los investigadores y sus proyectos” en Problemas del pasado americano. Memoria del Congreso Internacional de Etnohistoria Americana, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, en prensa.


La Etnohistoria: Un Intento de Explicación - Carlos Martínez Marín

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